jueves, junio 20, 2013

"DISTOPÍA", UN ANGLICISMO INDESEABLE - Por Michelle Roche Rodríguez

UN ANGLICISMO INDESEABLE

Por Michelle Roche Rodríguez
@michiroche

Las palabras muchas veces dicen más por lo que sugieren que por lo que significan. En enero, durante la presentación de una novela en la librería La Central de la plaza El Callao de Madrid, José María Merino, narrador, ensayista y académico, declaraba haber sido el impulsor de la moción para incluir a la palabra “distopía” en la próxima edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española. La voz es, por ahora, un anglicismo que describe a una sociedad ficticia e indeseable; lo contrario de la utopía, como llamó Tomás Moro en 1516 a la república ideal de su libro homónimo. Se disculpaba Merino como si fuera su responsabilidad que la esperanza se hubiera convertido ahora en pesimismo.
Aunque sea apenas un detalle cotidiano, el hecho no deja de ser importante, pues prueba una manera nueva de entender el orden mundial. Si hoy el DRAE define utopía como el plan o “sistema optimista que aparece como irrealizable en el momento de su formulación” es porque en la temprana formación de la mentalidad moderna existía la esperanza de que la organización de los Estados pudiera determinar la estructura de comunidades prósperas, estables y seguras. Pero desde que el capital se convirtió en el elemento de producción y la base de la riqueza nacional y social, las utopías ya no sólo son vistas con desconfianza por parecer irrealizables, sino que lo único que inequívocamente parece dibujarse en el horizonte del futuro es la infelicidad. Y como todo futuro es reflejo del presente, proliferan las imágenes de sociedades esclavizantes y las repúblicas indignas.
En la tradición anglosajona, dystopia es el lugar imaginario donde todo es malo o desagradable, típicamente estados totalitarios o naciones demasiado contaminadas. Ejemplos del primer caso son los territorios descritos en las novelas Un mundo feliz (1932) de Aldous Huxley; 1984(1949) de George Orwell o Fahrenheit 451(1953) de Ray Bradbury. Y del segundo son El rebaño ciego de John Brunner, y La Carreta(2006) de Cormac McCarthy. Tiene sentido relacionar a estas sociedades del pesimismo con los creadores del régimen económico fundado en el predomino del capital, porque las dinámicas sociales que propugna se sustentan sobre la competencia y la individualidad. Por eso es que en 1984 la historia debe ser abolida y los libros quemados en Fahrenheit 451: no puede quedar nada que vincule a los individuos entre sí, pues en la dinámica del enriquecimiento sólo serán verdaderamente competentes los hombres  que crezcan aislados.
Como la caída de los comunismos y la proliferación de los populismos de excusa socialista han dejado a la nueva izquierda sin capacidad teórica para ofrecer propuestas reales para la solución de las crisis financieras de las naciones industrializadas, el futuro se perfila hostil y las distopías se convierten en lugares comunes. Y que estas narrativas consiguieran eco en el mundo hispanohablante hasta el punto de querer nacionalizar un barbarismo para naturalizar ya definitivamente al género dentro del que Orwell y Huxley comenzaron a escribir hace casi un siglo, es una prueba de que la sociedad española cambió definitivamente: ya no sólo la crisis financiera es el problema en boca de todos, sino que hasta la ficción confiscó la esperanza.



3 comentarios:

El que calla ante la injusticia y la tiranía, no hace otra cosa que esconder, detrás del silencio, su cobardía.